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Oscar Niemeyer, adiós a un gran soñador

 

"La vida es un minuto que pasa deprisa"
Palabras de Oscar Niemeyer a punto de cumplir 100 años

El último superviviente de los grandes maestros del siglo XX, selecto club integrado por nombres como Le Corbusier, Mies van der Rohe o Frank Lloyd Wright, ha fallecido.

El poeta de la curva peleó a brazo partido por llegar a los 105 años, que iba a cumplir el próximo 15 de diciembre rodeado por su segunda esposa, Vera Lúcia, y de una interminable saga de nietos, biznietos y tataranietos. Pero la salud de Niemeyer ya estaba seriamente tocada y comenzó a fallar en los últimos meses.


El poeta Ferreira Gullar, con quien Niemeyer mantenía una estrecha amistad, definió mejor que nadie la quintaesencia del laureado arquitecto: “El lema de la arquitectura era que la forma está subordinada a la función. La preocupación fundamental tenía que ser la funcionalidad, y la belleza quedaba en un segundo plano. Oscar unió los dos elementos, funcionalidad y belleza, porque, decía, la belleza también cumple una función”.


Nada más confirmarse la noticia, una cascada de reacciones empapó la prensa local. “Brasil ha perdido a uno de sus genios. Hoy es día de llorar su muerte. Es día de celebrar su vida”, proclamó la presidenta, Dilma Rousseff. “Niemeyer tuvo una vida muy bonita. Fue uno de los mayores artistas de su tiempo y un hombre mayor que su propio arte”, declaró el compositor y escritor Chico Buarque de Hollanda. Otra figura fundamental de la música brasileña, Caetano Veloso, añadió: “Sus curvas enseñaron algo muy nuestro al resto del mundo”.


Cualquiera que viva más de 100 años tiene tiempo de ver una cosa y su contrario. El arquitecto más famoso de Brasil, Oscar Niemeyer (Rio, 1907-2012) llegó tarde a la arquitectura (mal estudiante, comenzó la carrera estando casado), pero la cuestionó pronto. Tras ensayar los trazos rectilíneos del Movimiento Moderno en sus primeros edificios de los años treinta, decidió tropicalizar ese estilo sencillo, pero recto, demostrando que el material del siglo XX, el hormigón armado, además de sujetar podía también expresar. Niemeyer apostó por la humanidad de la curva y la plasticidad de las formas libres y vivió lo suficiente para convivir con su herencia. Contempló su propio renacimiento en generaciones posteriores, que derivaron de sus pliegues los estilos con los que se inició este siglo, sin que él mismo hubiera, en ningún momento, dejado de construir.

 

  

 


Curiosamente en un ateo, fue un templo lo que le reportó fama mundial. Corría el año 1940 cuando la iglesia de San Francisco frente al lago de Pampulha, en Belo Horizonte, habló de forma económica, pero no barata y sí monumental, de un mundo más sencillo y, acaso, más natural. Por entonces Niemeyer no era todavía el comunista acérrimo que nunca dejaría de ser desde que se afilió al partido con 38 años. (Fidel Castro llegó a decir que Niemeyer y él eran los dos únicos comunistas que quedaban en el mundo). Con todo, y tal vez como la propia ideología comunista, Niemeyer ha sido un arquitecto sumamente idealista y, sin embargo, dictatorial. Sin duda un gran artista plástico, un proyectista pionero de la forma libre, pero también alguien capaz de sacrificar la sombra de los peatones, bajo un clima tropical, en pos del altísimo valor plástico de sus edificios recortados en medio del sertao.


Convertido en arquitecto, Niemeyer no dudó en trabajar sin cobrar para el urbanista Lucio Costa. Y veinte años después, en 1956, juntos dibujarían una ciudad entera, Brasilia, en el escaso plazo de un periodo legislativo. En cuatro años levantaron catedral, ministerios, congreso nacional, tribunal federal, sede de la cancillería y calles para los ciudadanos de la nueva capital. Tal vez intuyeran que debían darse prisa. Muy poco después, un golpe militar les restaría encargos y confianza y acabaría por desterrar a Niemeyer a París, donde la misma filiación comunista que le complicó la vida en Brasil le facilitó volver a construir. Así, la sede del Partido Comunista Francés en París, la editorial Mondadori en Segrate (Italia) o la Universidad Constantina de Argelia pertenecen a esos años en los que su trabajo se exponía en el Louvre mientras en su país le rechazaban los proyectos.



Si durante cuatro años Niemeyer acudió semanalmente a Brasilia en coche empleando un día para llegar y otro para regresar fue porque el miedo a volar no le permitía coger un avión. Esa fobia tampoco le dejaría recoger la mayoría de los galardones que consiguió incluidos el Premio Pritzker, que no recogió en Chicago en 1988, el Príncipe de Asturias que no hizo suyo en Oviedo o el Imperiale, que viajó solo de Tokio a Río.


En 1980 Niemeyer anunció que iniciaba su última fase como arquitecto. Empezó entonces a trabajar en el Memorial de los amigos ya muertos, como el antiguo presidente Juscelino Kubitschek, erigido en Brasilia. Esta fase final se ha prolongado más de treinta años. Y ha resultado una de las más sorprendentes del genial proyectista. Niemeyer renació en Niteroi, frente a la playa de Ipanema. Un platillo volante de suelos fucsia y perfil más que fotogénico lo hizo resucitar para la vanguardia arquitectónica. Hoy, como quien está en la cúspide de su carrera, y con el zarandeado Centro Niemeyer —que donó a la ciudad de Avilés— todavía fresco, el arquitecto centenario tenía sobre la mesa proyectos en La Habana, Rosario (Argentina) y hasta un estadio para el mundial de fútbol de 2014, que se celebrará en Brasil. Allí, en el 3940 de la Avenida Atlántica, frente a playa de Copacabana, ha trabajado hasta el final. Sin apenas moverse de la planta décima donde está su casa ha sido capaz de construir por todo el mundo.


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Hasta momentos antes de morir, a sus casi 105 años de edad, Niemeyer seguía haciendo planos y pensando en nuevos proyectos. Va por el este pequeño homenaje.





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Zaha Hadid y la arquitectura austera

Arquitecto de origen iraquí dice que el uso de la palabra austeridad es un cliché y podría ser desastroso para el público

La arquitecta de origen iraquí Zaha Hadid ha hecho recientemente unas declaraciones para la prensa británica en las que ha dejado de manifiesto su temor en que se utilice como excusa la austeridad para favorecer una arquitectura de baja calidad. Ha venido a decir que “el uso de la palabra austeridad es un cliché, y que podría ser desastroso para la gente“, pidiéndole al gobierno del Reino Unido que “no utilice el clima de austeridad propiciado por la crisis económica como una excusa para reducir los presupuesto y construir viviendas y hospitales de baja calidad“.

La diva de la arquitectura contemporánea añadió a Kath Viner, editor adjunto de The Guardian, que “Es necesario que haya inversión. Necesitamos algún tipo de calidad“, y añadió que “Todos los privilegiados puede viajar, ver mundos diferentes, no todos pueden. Creo que es importante que la gente tenga un lugar de interés cercano“.

Zaha es sin duda una mujer que le gusta la perfección, ama lo que hace y tiene su propio mundo, nadie se cuestiona la increíble la majestuosidad de las construcciones diseñadas por ella, son como salidas de un sueño que logra hacer posible lo imposible.

Pero parece que Hadid se ha esforzado demasiado en realizar un vínculo entre calidad y presupuesto, cuando todos sabemos que con muchos millones también se han construido edificios de mala calidad (y feos), aunque afortunadamente también ocurre a la inversa: la historia está llena de arquitectura bella y digna realizada sin mucho dinero. Curiosamente en el caso de Hadid, casi todos sus proyectos requieren un alto coste, sin ir más lejos, el Centro Acuático para el Parque Olímpico de Londres 2012, donde los 75 millones de libras iniciales se han convertido en más de 250.